MEDITACION  Y  PSICOTERAPIA

Jornada Miguel Albiñana abril de 2020

Atravesamos un periodo inédito para la mayor parte de la humanidad. Un cierre de fronteras, con confinamiento en la casa y una acumulación constante de noticias dedicadas a una enfermedad, aparentemente llegada de lejos, que nos amenaza. No solamente amenaza, sino que personas cercanas han fallecido a consecuencia del llamado coronavirus y otros enferman con síntomas largos y difíciles de quitar. Los comercios, los transportes, la actividad en general han quedado recluidos en las casas, con un sentimiento de miedo generalizado y de temor al contagio, apoyado en las disposiciones que los gobiernos imponen.
En estas circunstancias, nos vemos obligados y constreñidos a realizar actividades en casa para sobrevivir, cuando no para evitar el temido vacío. Ese hueco espiritual que llenan de forma cotidiana el trabajo, los viajes, las compras etc.
Podemos también echar una mirada a nuestro interior. Recuperar, al menos algunos de nosotros, la vista a lo que nos sucede y a los temores que afectan a nuestra existencia, disimulados a diario por la actividad más o menos rutinaria o frenética.
Os comparto hoy dos herramientas, conocidas ya para muchos y que en estos días pueden ser de gran ayuda.

Meditación y psicoterapia

La terapia, en cualquiera de sus enfoques, está encaminada a una mejor disposición de nuestro yo en su relación con el mundo y consigo mismo. Sostener un vínculo coherente en el contacto externo e interno facilita una mejor y más sana imagen de uno ante sí mismo, así como en la relación y reflejo que producen los demás.
Por ello, la terapia Gestalt enfoca el trabajo en que la persona acepte su visión del mundo y, más allá de los juicios y prejuicios, se encamine al desarrollo de sus capacidades personales dentro de los límites obligados que la realidad impone.

Mucha de la dificultad proviene de que el humano procura, en función de las dificultades y condicionamientos producidos a lo largo del crecimiento, poner la responsabilidad de sus actos, y sobre todo de sus males o dificultades, en el mundo; o en un ataque, a veces insospechado, contra sí mismo, desvalorando, enjuiciando, o castigando aquello que considera su propio yo, por no estar a la altura de un yo ideal creado a través de juicios sistémicos poco benevolentes.
Por su parte, las técnicas meditativas, o simplemente el arte contemplativo, tienen una visión distinta. Partiendo del principio de que la realidad es cambiante, de que el yo forma parte de ella y de que ambos son esencialmente inexistentes, los meditativos buscan quedarse en el aquí y ahora sin juicios ni prejuicios acerca de lo que sucede, tanto externa como internamente. La realidad es algo de lo que se forma parte y no trae censuras ni críticas, o ese es el fin por alcanzar a través de la meditación.

La persona que consigue metas contemplativas (o meditativas) no niega la realidad ordinaria y, cuando está en ella, habitualmente lo hace en colaboración consigo mismo y con los demás a través de la compasión. Sin embargo, no busca la mejora del yo, puesto que esto sería tanto como aceptar su existencia real como ente independiente y “sólido”. Simplemente, actúa de acuerdo con leyes éticas, léase morales o universales (el Dharma hindú) y procura el bien, no para mejorarse o en beneficio de un yo más santo, sino en beneficio de la compasión como norma de contacto con el mundo y consigo mismo.
Existe, en mi opinión, un nivel o etapa del crecimiento en que la

Existo como soy. Y es suficiente

persona busca mejorarse. Sobre todo, cuando el nivel de sufrimiento es grande o cuando los asuntos inconclusos son excesivamente pesados. Y también en función del tipo de cultura y educación recibidos. Más frecuente en los países occidentales, la terapia, o la psicoterapia, es reconocida como una manera de alcanzar mayores o más frecuentes grados de felicidad y de concordancia con la realidad ordinaria.
El/la terapeuta, el psicólogo, la psicoterapeuta, o aún el psiquiatra, forman parte, en nuestra sociedad occidental, de un núcleo de personas que se asemejan a lo que en otro tiempo fueron los chamanes o los sacerdotes en las tribus. Les aleja de ellos la general falta de transparencia de sus vidas, puesto que es muy frecuente que se ejerzan como técnicos del comportamiento, más que como espejos de vida a través de la experiencia propia. Y, cuando se acude a ellos, sus clientes o pacientes suelen fijarse más en los diplomas o títulos que cuelgan de las paredes de sus despachos que de atender a cómo es su propia experiencia de vida.
Ello es debido a que es muy frecuente que se busquen técnicos (léase médicos especialistas) que nos digan qué y cómo hacer o comportarse en la dificultad, más que requerir a que indiquen o señalen cuales son las capacidades que se necesita desarrollar para hacerse cargo de forma adulta y responsables de la propia existencia y por ende la propia salud.

Correspondientemente, esta actitud tiene un precio: prolonga nuestro estado de dependencia, sobre todo si se trata de hacerse cargo de la vida como un todo, del que cada persona forma parte.
En ningún caso se está negando el beneficio de la experiencia y del conocimiento, de la ciencia, de otras personas. Simplemente, se está subrayando la necesidad de no poner en manos ajenas la importancia y compromiso del propio crecimiento personal.
Por ello (y salvo en caso de trastorno o enfermedad grave), es indispensable que el terapeuta sea, principalmente, el acompañante de un viaje personal, que es inevitablemente único y que solamente cada persona puede valorar.
En el camino meditativo o contemplativo, la tradición oriental sitúa como elemento fundamental el binomio del discípulo y el maestro. Es muy frecuente que se diga que nada puede el alumno si no encuentra al maestro que le conviene. Dice el dicho “cuando el discípulo está presto, aparece el maestro”. El maestro (a veces llamado gurú) es el encargado de llevar a su discípulo en la buena dirección. Tanto porque está lleno de experiencia, como porque, apelando a su sabiduría y compasión, conoce las debilidades y fortalezas de su discípulo mejor que él mismo.
Siempre reconocí a Guillermo como mi maestro, incluso en los momentos más difíciles de la relación, o cuando esta pareció transformarse en un trato más de amistad, más igualitario. Esto último fue sobre todo a raíz de poderle verle en su dimensión simplemente humana, como un hombre con problemas emocionales, psicológicos, neuróticos y provisto de un ego.

Con todo y ello, y hasta el final de su vida, no perdí jamás la visión del maestro, porque creo que en ningún momento él perdió tampoco conmigo la perspectiva de quien ama más allá de los limites de sus propios intereses. Pero ¡Cuidado! Eso no quita que no pudiera ver cuales eran sus intereses egoístas y personales. Sin embargo, había un grado de confianza que, hasta donde soy capaz de recordar, jamás se perdió. Incluso cuando fui yo el que puso los límites a la relación para situarla en un territorio diferente.
Hoy por hoy, y en 2020 se cumplen los 25 años de su muerte, Guillermo nunca ha dejado de estar en mi vida desde la virtud que más le reconocí, que es la autenticidad y el cariño hacia mi persona. Porque un maestro nos guía también y sobre todo con su ejemplo.
Encontrar un maestro es algo difícil, en particular para quien está en estado de desconfianza. Lo es también para quien está desconectado y confunde “las olas con montañas”.
Por ello, la confianza básica se suele recuperar a través de una relación, para luego integrarse en uno mismo de por vida.
Esa es mucho la función del terapeuta al estilo occidental y del maestro a la manera oriental.
La combinación de ambos elementos, la terapia y la meditación fue para mi (y sigue siendo) una vía rápida de crecimiento. Es verdad que, con el pasar de los años y la convivencia con la neurosis propia y ajena, el camino meditativo se abre más paso y cobra menos importancia el deseo de mejorar el yo y su relación con el mundo.

Pero es fácil ver el camino cuando se ha recorrido ya un largo trecho. Parece a veces que el horizonte comienza a ser infinito y bien corto el camino a recorrer. Desde esa perspectiva la elección se hace imprescindible.

Por ello y de manera general, sigo pensando que la terapia es un recurso magnifico y que, en muchas ocasiones, he podido ver como coloca a la persona en un medio más propicio para un entendimiento existencial de la vida, más ligado a la contemplación.
La vida es un estado intermedio entre la terapia, o mejora personal, y la contemplación, en que el perfeccionamiento tiene poca o ninguna importancia.
EL sentimiento de confianza en uno mismo, o podemos llamarlo la autorregulación orgásmica de la Gestalt, nos permite saber como y por donde debemos conducirnos.

Y esto es especialmente importante en esta época de crisis.