Yolanda

 

Cuando un amigo se va…parte un pedazo de mi. Se desgaja un enorme pedazo de mi historia, pues hace ya 39 años que nos conocimos con la Yola.

Hacia ya años que nos relacionábamos solamente por teléfono. El día de mi cumple, que era el mismo que el suyo, durante unos años recibía un telegrama de felicitación, algo que ya parece de otra época y que, en cualquier caso, pertenece a otro siglo. 

Mas adelante fue una llamada, a veces en el contestado, otras una larga charla en que a ella le gustaba hacer el repaso de la actualidad de todas las personas que habíamos conocido juntos, especialmente en España.

En Madrid, durante un buen tiempo, le gustaba residir en casa cuando venia a dar sus talleres de movimiento. Se los organicé yo mismo en Madrid. Luego ella encontró su lugar en Andalucía, en Córdoba, en Cádiz, en Sevilla…

Yola era una mujer que combinaba una enorme independencia vital, con un gusto por dejarse cuidar por personas cercanas. Unía una ternura caracterológica con su peculiar sentido de libertad, que defendió siempre fon fiereza.

Ahora su recuerdo esta unido en mi vida con la avenida de Patriotismo 767, en México capital, a donde una vez acudí tímidamente a sus clases de expresión corporal o psicomotricidad como gustaba llamarlas.

En ese lugar reconocí partes de mi cuerpo ignoradas durante mucho tiempo y un sentido diferente de mi movilidad. A eso se unía su gusto por la música y un ambiente de enorme libertad expresiva, que hacia que todos los que acudíamos nos sintiéramos capaces de movernos, de danzar, de estirarnos o de contactar con el cuerpo, en una permanente escena de movimiento y contacto- retirada.

Fue con ella donde aprendí el valor de las “pelotitas”, de tenis, que ella usaba para despertar a las partes más rígidas, más dormidas, más olvidadas, con más tensión acumulada, de nuestro cuerpo. Una técnica que se propago rápidamente en tantos lugares.

El contacto con las pelotitas era siempre una primera parte de sus clases, un ritual para saber en donde estaba cada uno en aquel momento de aquel día la tensión corporal y anímica. Y el grupo, en ese rotar de la pelota en cada parte del cuerpo, gemía, durante el tiempo en que la bola iba de un lugar a otro, en ocasiones manejada por dos espaldas, dos caderas encalladas en viejas tensiones del pasado.

Yolanda en un principio contemplaba al grupo y ponía la música que estimaba más adecuada, dando instrucciones para luego entremezclarse ella misma en el grupo, que casi siempre evolucionaba cerrando los ojos y dejando el control visual para otro momento. De esa manera nuestros cuerpos se movían buscando la liberta del movimiento, del gesto, del paso.

¡Ah aquellas reuniones! Cuanta emoción y cuanto contacto. Y también el compromiso del grupo con la clase. De lo contrario, podías ser invitado a dejarlo. En alguna ocasión sucedió y fue dramático para el que salía. Pero Yola seguía adelante, implacable, con los que quedaban, ajena a las lagrimas o a las protestas, en las que me vi envuelto yo mismo.

Patriotismo 767: alguna vez que volví a pasar años después por allí recordé a Yolanda, en ese primer día, tumbada en la moqueta, de apariencia dormida, floja y suelta, ajena a nada. Imagen del descanso y de la confianza completa.

Yolanda llegó a México huyendo de la dictadura en Uruguay junto con su pareja, el director de teatro Del Chioppo, quien se cambió de nombre por el de Atahualpa para estar más cerca de la cultura nativa. Y allí se instalaron hasta el final de la dictadura, en que regresaron. Para Yolanda, como para mi mismo, México representaba un lugar de acogida, de intensidad y de cambio. Pero también de independencia de todos, incluido del propio Atahualpa en aquel entonces.

Compartíamos ese amor por el país, en donde yo también viví muchos años, aunque por razones y destinos bien distintos.

Yolanda se había formado en radiología. Esa experiencia clínica la llevó a la psicomotricidad y a enseñar sus técnicas, aprendidas con sus maestros, que alguien seguramente habrá recogido, de entre los muchos alumnos que fue dejando y sembrando su conocimiento. También eso le produjo algunas consecuencias corporales secundarias, que supo manejar lo mejor posible. 

Yola era una persona pragmática también. En Cuba, en donde coincidimos en una ocasión, conoció a personas que la estimaban, no solamente por ser la mujer de del Chioppo. Para mi asombro, bien pasados los 80 años, fue invitada a la Habana a operarse de la vista, que había prácticamente perdido. Y hace un par de años me comentó con su optimismo radical que podía ver casi bien y que había vuelto a descubrir lo hermoso que resultaba ver y poder montar a caballo.

Detrás de una aparente figura infantil, con grandes dotes de seducción, estaba una mujer brava, que se sobreponía a agresiones racistas, a despedidas y desilusiones. Sabia apoyarse en quienes por aquí y por allí le dábamos apoyo, incluso a veces hasta hacernos desfallecer. Su impulso vital era nuestro ejemplo. Los límites un rigor necesario.

Aunque tuvimos una relación muy cercana, casi de intimidad, y paso largas temporadas en mi casa, ella no me invito a la suya. Imagino que debía ser un espacio que guardaba para ella, que   yo conocía a través de las descripciones que hacia, allá en Montevideo, en donde residía a pesar de sus constantes criticas al clima del que no gustaba.

Pero fue allí donde vivió con Atahualpa, cuya memoria cuidó y batalló, para que se reconociera su figura, su genio, como la esposa guardiana del gran maestro. Durante un tiempo la memoria de Atahualpa fue su gesta, que ella vivía como heroica, para que su compañero de vida llegara a ser reconocido en su país y también en España. Gracias a su pareja, Yola durante un tiempo viajó y conoció a muchas personas del mundo del arte, de la cultura e incluso de la política. Eso le dio ese aire de mujer de mundo, desenfadada, pero profundamente comprometida con la libertad y las ideas del progreso.

De Yolanda conservo su recuerdo, la libertad del cuerpo, su voz dulce  y seductora, sus movimientos felinos y dos grandes amigos cordobeses que tuvo a bien presentarme hace ya años, Isabel y Baldo.

La vida se pasa “como agua entre las manos”, era una de sus frases favoritas. Y en estos momentos de mi vida ¡Cuan real es esto! Y cuanto nos lleva al carpe diem yolandesco.

Otra de sus frases favoritas era: “ Mirá, somos de la cultura del vino”, lo que llevaba a vivir desde un aspecto dionisíaco, permisivo, desde el profundo cuidado a su persona. Ese sentido optimista y de llegar hasta el fondo de las cosas, para luego ser capaz de dormir profundamente a veces casi un día entero para reponer sus energías.

Y esa exclamación que en mi llega a veces de “nooo, nooo, Miguelo”, que venia a significar que había que seguir siempre, por duro que fuera y seguir de acuerdo con el propio instinto, con el maestro interior que se despertaba al escuchar el lenguaje del cuerpo.

Yolanda: te veo en esa foto que está en el despacho. Con tu mirada abierta al infinito y tú largo pelo negro que te gustaba cepillar y colocar en forma de trenza que todos admirábamos. Una India cordobesa de , tu tierra que tanto amabas. 

Tuvimos aventuras juntos, y nos acompañamos en épocas difíciles de nuestras vidas. 

Fuiste de esas personas que dejan huella y que nunca se termina realmente de conocer.

Tu memoria quedará en mi tanto tiempo como la vida lo permita.

Adiós, Yolanda de los Ángeles González de del Chioppo. Tal vez te fuiste como tú querías como tú me dijiste que querías en silencio, sin hacer ruido, sin perturbar a nadie, desapareciendo. 

Seguramente descansaras junto a tu querido Atahualpa. Donde quiera que estés un último te quiero. 

                                              Miguel Albiñana     (Miercoles 19 de 2020)

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