La pérdida de un ser querido en tiempos de pandemia

Marta O’Kelly
Psicóloga, Terapeuta Gestalt, Axioterapeuta, Licenciada en Derecho, miembro titular de la A.E.T.G.

 

La crisis provocada por el COVID-19 ha generado una situación sin precedentes en nuestra historia más reciente. Acostumbrados a vivir en una ilusión de seguridad e invulnerabilidad, esta enfermedad nos ha obligado a contactar con lo obvio: la impredecibilidad de la muerte. Como expresaba Miguel Albiñana en uno de sus últimos artículos:

“En nuestra sensación de que todo puede ser previsto, creemos que podemos evitar todas las situaciones no deseadas y el ser humano se olvida de su carácter de ser vivo, efímero, inseguro y rodeado de un ambiente que le altera, le cambia y siempre termina en la muerte”.

Nunca antes nos habíamos visto obligados a estar confinados en casa, a paralizar nuestra actividad social, laboral y económica para proteger nuestra salud y la de toda la sociedad. Esta situación nueva, y en cierto modo extrema en tanto que nos ha puesto en contacto con un límite inesperado, está produciendo cambios que van a tener una repercusión indudable en nuestra forma de ver y entender la vida. Es posible que una vez superado el miedo, lleve a una subversión de las prioridades de mucha gente, un cambio hacia lo que promovemos siempre en Gestalt: la vivencia plena del presente en lugar de la búsqueda de la protección ante un futuro siempre incierto.

Pero indudablemente, si en algo está teniendo consecuencias inesperadas y dolorosas esta enfermedad, es en la forma en que nos ha puesto en contacto con la muerte. Sabemos que muchas personas han vivido la pérdida de un ser querido durante este tiempo sin tener la oportunidad de despedirse y estar a su lado. La rigurosa situación de confinamiento de las personas aquejadas por los síntomas del COVID-19 en hospitales y residencias con el fin de evitar nuevos contagios, imposibilitó la presencia física de los familiares, y significó que actos tan sencillos y necesarios como mirar a tu ser querido, cogerle de la mano, hablarle, y en definitiva acompañarle, no hayan sido posibles.

Estas personas han visto interferido su proceso de despedida al quedar restringidas las ceremonias que ayudan a integrar la pérdida. Compartir con otros su tristeza, el dolor o el recuerdo de esa persona querida, y sentir la solidaridad y la cercanía de los demás, algo esencial para poder decir adiós, han sido actos inusitados durante la situación de pandemia. Los límites impuestos han sido por momentos tan duros, que se están atravesando duelos especialmente difíciles y dolorosos. Como terapeutas podemos apoyar a estas personas y acompañarlas para que puedan transitar del enfado, la culpa y la tristeza al recuerdo agradecido. Esta conexión con el agradecimiento hacia lo que la persona les dio en vida es el antídoto a la soledad, la desesperación y el profundo dolor de su ausencia.

El duelo es un proceso de reparación mediante el que no sólo se puede restablecer el equilibrio interno, sino también enriquecerse gracias a la adquisición de una mayor capacidad para apreciar a otras personas y experiencias de la vida. Es, por tanto, un proceso psicofísico normal y necesario para poder integrar la pérdida de un ser querido, permite acomodarse a ella, seguir adelante, y es fundamental cuando la pérdida se produce de forma traumática o inesperada, como en estos casos. La persona en duelo, en los meses posteriores a la pérdida, puede llegar a sentir todo tipo de emociones ambivalentes por lo que será muy sanador contar con un espacio terapéutico donde pueda expresar todos los sentimientos que aparezcan.

Los modelos dinámicos de procesamiento del duelo resumen las etapas del proceso en cuatro tareas fundamentales: aceptar la realidad de la pérdida, trabajar las emociones y el dolor de la pérdida, ajustarse a un ambiente nuevo donde la persona ya no está y recolocar su recuerdo emocionalmente para seguir con la propia vida. Desde la terapia Gestalt, el duelo se plantea como un proceso que sirve para equilibrar la interacción del ser humano con su entorno, en la medida en que se busca armonizar su condición de vida frente a la pérdida. La muerte de un ser querido hace que emerjan determinadas necesidades que pugnan por ser satisfechas y en este sentido, hay que hacer ajustes en el contacto para poder completarlas.

La persona doliente en muchos casos vive un conflicto entre la necesidad de seguir adelante con su vida y la de seguir apegada a esa persona que perdió y a la que se resiste a dejar. No podrá haber despedida y retirada, lo que al fin y al cabo sería completar la Gestalt del duelo, sin dar curso a todas las necesidades y emociones asociadas a la pérdida. Será preciso, por tanto, expresar el enfado, la tristeza y sobre todo la culpa y el autorreproche hacia uno mismo por lo que hizo o dijo y viceversa, por lo que no hizo o dejó decir. La culpa es un aspecto especialmente central a trabajar en los procesos de duelo porque impide seguir adelante, mantiene a la persona en el pasado, y sobre todo le dificulta separarse, despedirse y continuar su camino.
Una vez trabajados estos aspectos, podemos pasar a la siguiente etapa que llevará a la persona en duelo a la despedida agradecida.

Este punto pasa necesariamente por el reconocimiento y el agradecimiento de todo lo que la persona que ya no está entregó durante su vida. Es por ello recomendable transitar previamente el resentimiento y la culpa, porque en caso contrario será difícil conectar de forma profunda con el agradecimiento y, por tanto, completar la despedida definitiva de la relación.

Este paso supondrá el final del duelo porque el vacío y el dolor que deja la muerte del ser querido se convertirán en un sentimiento de amor y agradecimiento. De esta forma la persona doliente podrá llegar a tener una mirada compasiva hacia sí misma, y podrá decir adiós y quedar en paz para seguir su camino a pesar de lo traumática o dura que haya sido la pérdida.

Madrid, septiembre 2020