El coronavirus y la gula

Vivimos tiempos complicados. 

Debido a la pandemia del “coronavirus”, por vez primera en Europa y desde el final de la II guerra mundial, se ha pedido a los ciudadanos que permanezcan confinados en sus casas bajo pena de multas o penas graves. Esto trae consigo un cambio importante en la convivencia y en el sistema social.

La sociedad de consumo, la de la vida sobreexcitada, la que premia el movimiento sobre la calma, está, al menos estos días, en crisis. El mismo sistema económico mundial está bajo amenaza de severa recesión.

El planeta y otros de sus habitantes, ante el encierro de los humanos, pareciera recuperarse levemente de la agresión a la que se ve sometido en los últimos siglos y en especial en el último. La contaminación baja, los delfines vuelven a Venecia…

Mucho de lo que ha pasado tiene que ver con la gula, un error al que se le suele dar menos importancia que a otros. Y que, sin embargo, puede llevar mucho consigo la manipulación exagerada, la falta de una meta consistente, el engaño en favor de intereses ocultos…

Os comparto esta reflexión sobre la gula, echa desde mi propio confinamiento.

Miguel

La gula

La gula se relaciona con un desorden del apetito. Si el apetito es un instinto que nos lleva a nutrirnos para poder seguir desarrollando las actividades cotidianas disfrutando de ello, cuando se desorganiza, nos lleva a alimentarnos en modo de compulsión, esto es sin tomar en cuenta si es necesario o no, e incluso sin tomar conciencia del disfrute. 

Un instinto correctamente estabilizado se sacia una vez que las necesidades lo están. Siguiendo el modelo gestáltico, tras el contacto adecuado, se produce la retirada.

Más allá de esto, la gula empoderada del apetito lleva a la persona a buscar el alimento sin tomar en cuenta si esas necesidades prevalecen o no. Por tanto, se convierte en insaciable.

En cuanto que pecado cristiano, está vinculado a la comida y a la bebida. Por ello, es uno de los siete pecados capitales y exige una vigilancia especial, comparado con otros más superficiales o veniales. Dado qué se trata de un pecado, conviene señalar que pecado, en su acepción primaria o primigenia, es error. Un error de quien cae en el mismo. En general, en el cristianismo, el pecado ha venido asociado a una penitencia, una forma de castigo que compensa el mal causado y que conduce a no repetir. Los pecados, en la institución de la Iglesia, los perdona Dios a través de sus agentes terrenales, que son los sacerdotes siempre que se cumpln una serie de condiciones para su perdón. 

Sin embargo y visto desde otra óptica, los errores son circunstancias que nos permiten enderezar nuestra dirección cuando está equivocada en relación a su meta verdadera. Un arquero, que dispara la flecha y que no acierta en la diana, puede observar, a través de su error de tiro, la forma en que la ha lanzado y desde ahí disparar de nuevo para acertar en el centro de la diana. 

De poco le serviría al arquero aceptar un castigo de su maestro para mejorar en el siguiente tiro. 

Sobre todo, tomando en cuenta que es el propio arquero el único responsable de su tiro. Y que es su falta de pericia o de atención la que le hace errar.

Así pues, si consideramos el pecado como un error, y aceptamos qué aprendemos y necesitamos aprender de los errores, estos son la manera funcional por la que llegamos más adecuadamente a nuestras metas.

Regresando a la palabra gula (del latín tragar, y de ahí engullir) podemos considerar no solamente el apetito desmedido de comer y de beber, sino el apetito desmedido hacia el hacer en general y a tratar de saciarse más allá de las propias necesidades.

En el conocimiento del Eneagrama, la desmesura de la gula es vista como un error principalmente intelectual que arrastra al goloso a acciones inadecuadas. El goloso no puede controlar su apetito de inventar nuevas cosas y planes, fantasías, que no lleva a cabo pero que se vende a sí mismo y a los demás: de planificar y hacer todo tipo de intenciones, principalmente para evitar detenerse en el compromiso auténtico. 

El pecado, considerado desde este ángulo compulsivo, es un mecanismo que lleva a la repetición no consciente. Su origen habría que encontrarlo en la temprana infancia, fijado a lo larga de los años a través de pensamientos y experiencias que provocan y perpetúan su automatismo.

Al igual que los demás pecados capitales, el mecanismo se produce p ara compensar la carencia de amor verdadero y amortigua un sufrimiento, a la par que dificulta, o incluso obstaculiza, darse cuenta del autentico dolor. Ese darse cuenta es lo que puede enderezar el tiro y dirighirse al contacto de manera diferente y sana.

Con el tiempo, la gula produce una visión errónea del mundo y de sí mismo. En Gestalt se podría decir que el contacto verdadero queda entorpecido o distorsionado en favor del mecanismo de compensación.  

La sociedad del siglo XXI ha errado el tiro. El crecimiento disparatado como objetivo único, el desprecio hacia los demás habitantes del planeta, animales, vegetales y aún minerales, nos ha encaminado al desastre.

Es momento de rectificar.

                Miguel Albiñana

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